El cambio empieza con nosotros: Reflexiones sobre la política, la justicia y la equidad

Las viejas ideas para solucionar problemas antiguos siempre traen los mismos resultados. La discusión política, que sigue siendo alimentada, solo nos hunde más en el problema principal.

Parece que la gente se olvida de que, hasta ahora, ningún partido político ha solucionado nada. Si prestamos atención, aún vemos problemas que llevan años afectando al país. La única diferencia en los distintos gobiernos ha sido quién los lideró, y esto sucede porque cada político se ha dedicado a gobernar para su propio partido, en lugar de gobernar para todo el país. Cuando hacemos esto, además de ganar aliados de un cierto tipo, no estamos gobernando de verdad ni construyendo el gran país que Argentina podría llegar a ser.

Alguien alguna vez dijo: “Hay que ser el cambio que queremos ver en el mundo”, pero todos tenemos miedo de actuar, especialmente porque hay tanta gente con mucho resentimiento hacia el Estado Nacional, ¡y con razón! Siempre hay un grupo que es traicionado a costa de la felicidad de otros. Aquí no hay buenos ni malos, solo personas cegadas por su propia ideología, dado que, cuando uno no tiene la costumbre de cuestionarse las cosas, se vuelve maleable y fácil de manipular.

Conozco a una larga lista de personas con una muy buena posición económica que, al evadir impuestos y hacerse pasar por pobres ante la AFIP, cobran cualquier ayuda que el gobierno ofrezca, destinada a gente que trabaja y que, aún así, le cuesta mantener a su familia. ¡Cuántas personas podrían beneficiarse de esa ayuda si aquellos que deberían contribuir no se aprovecharan de los vacíos legales del país! Tampoco puedo ignorar el hecho de que muchas personas sin ningún tipo de necesidad cobran más de cinco planes sociales, como si fueran su sueldo, ignorando el esfuerzo que la clase trabajadora hace para pagar los impuestos que van destinados a estas ayudas.

La gente que evade impuestos podría decir que es mejor no pagarlos, total, si un político los va a robar, prefieren no darlos. Quizá no los roben, pero ese dinero, que bien podría destinarse a los jubilados o a obras públicas, se utiliza para hacer campaña política, entregando más planes sociales a los sectores vulnerables.

Ahora bien, ¿es tan malo darle dinero a la gente deliberadamente? Si total lo necesitan para comer o vestir a sus hijos, uno podría pensarlo. Sin embargo, ese no es el problema con que la gente viva de planes sociales. Ese dinero, que podría usarse para escuelas y hospitales, se utiliza como una estrategia política, aprovechándose de que hay gente en situación económica vulnerable para hacerles creer que los ‘ayudan’, cuando en realidad solo los están condenando a vivir toda su vida en la miseria y dependiendo de que el político que les dio ese beneficio siga en el poder. Es una táctica que beneficia al político en cuestión porque, al asegurarse el apoyo de un grupo cada vez más grande de personas que le serán fieles en las votaciones, puede seguir cobrando un sueldo ridículamente alto por un trabajo que poco o nada aporta.

Esto solo se logra utilizando a la gente: a los ricos no los pueden usar porque evaden impuestos y se desentienden de todos los problemas, a la clase trabajadora la puedes engatusar con palabras bonitas hasta cierto punto, pero si no haces nada, es difícil, porque ven que no están haciendo nada y, además, no dependen de ti. Por lo tanto, los únicos que quedan son las personas de clase baja, de las cuales todos los gobiernos que han tenido la oportunidad se han aprovechado. Si genuinamente les interesara que esa gente prospere, los educarían más, tendrían convenios con empresas que los capaciten para que puedan trabajar en buenas condiciones, lo cual les saldría mucho más barato que mantenerlos a todos. Pero no lo hacen, y no lo van a hacer, porque esta gente (en su mayoría) es la que los mantiene en el poder.

No todo el objetivo político va hacia la clase baja. También hay personas de clases medias y altas que los votan y los defienden, aunque siempre son los menos. Los antepasados de esas personas han caído en el engaño, por lo que es lo único que conocen y lo único que pueden transmitir a sus hijos, aunque lo lógico sería permitir que sus hijos cuestionen esas ideas, para pensar por sí mismos. Sé que todo esto puede sonar maquiavélico y como una exageración de lo que realmente está pasando, pero nada más alejado de la realidad. Esto que señalo es algo que varios políticos han hecho a lo largo de la historia: hacerle creer a la gente que los vemos, los escuchamos y que nos interesan, aunque solo nos interesen en la medida en que nos puedan dar algo a cambio. La moraleja es: uno no lee a Maquiavelo para convertirse en él, uno lo lee para poder identificarlo entre tanta gente.

Antes de que el lector piense que todo está perdido y que no hay nada que hacer al respecto, me gustaría dejarle una pregunta: ¿cómo puedo trabajar por el país que quiero? Olvidémonos un rato de la idea de que el único que prospera es el delincuente, que la ley siempre ampara a los que van en contra, y todo eso que nos impide muchas veces actuar como quisiéramos. Si te prometo que dentro de seis años todo cambia y se vuelve más justo, ¿cómo actuarías? Cambiando nuestra forma individual de actuar hoy, podemos cambiar el futuro, no al revés.

El país que queremos para nuestros hijos o nietos se empieza a construir hoy. Así que, por dar ejemplos: no evadan impuestos, si trabajan dentro del marco de la ley, síganla y sean justos, no pasen por alto denuncias que deberían hacer a sus superiores. Quizá al principio nadie escuche ni haga nada, pero alguien te verá haciendo lo correcto y lo animarás a hacer lo mismo.

  A un país generoso y con gente de oro, no lo para nadie.

 

Rodolfo S.


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