Protestas y política: ¿son efectivas las marchas para el cambio?

No estoy a favor de ningún tipo de marcha. Siempre se termina perdiendo el propósito inicial en medio del caos y el ruido. Hay tanta emoción en cada manifestación que se pierde la razón, lo que lleva a que quienes opinan diferente respondan con la misma violencia que han visto en los otros. Así es como empieza el ciclo entre la ultraderecha y la izquierda, sin darse cuenta de que uno es la respuesta a la incoherencia del otro y viceversa.

Cada vez que he expresado mi creencia de que las marchas no son útiles para generar un cambio duradero en la política y la sociedad, me han respondido que estoy equivocado y que el mejor ejemplo es la Revolución Francesa. Como considero que hay cierta desinformación al respecto, voy a exponer por qué, en mi opinión, esta revolución funcionó.

Para empezar, no fue un evento de un solo día. Fueron diez años de lucha para derrocar el Antiguo Régimen y reestructurar las bases sociales y políticas. Y esas luchas no fueron solo protestas: la gente fue a buscar al rey y a su familia, así como a otros miembros de la aristocracia, para encarcelarlos. Posteriormente, fueron juzgados por sus actos en contra de la patria y condenados a muerte. La Revolución Francesa no fue simplemente una marcha, y reducir su éxito a una protesta es una interpretación simplista.

La verdadera enseñanza de aquel acontecimiento histórico es que hay que deshacerse de los líderes inútiles en el poder. La realidad es que muchos políticos, a pesar de estar "al servicio del pueblo", no conocen ni la mitad de los problemas que este enfrenta. Es cierto que señalar esos problemas es nuestro deber, y parece que la protesta es el único medio posible para hacerlo.

Sin embargo, los cambios políticos generados por las protestas rara vez son profundos o significativos. Tomemos como ejemplo el debate sobre el aborto: las protestas feministas lograron que el proyecto de ley llegara a la Cámara de Diputados, pero algunos diputados ni siquiera se molestaron en leerlo. Lo aprobaron porque politizaron el debate hasta el punto de evitar un verdadero intercambio de ideas. Esto demuestra que las marchas, en muchas ocasiones, equivalen a quejarse de algo, y la respuesta de los políticos suele ser una medida superficial que calma las protestas, pero no resuelve el problema de fondo.

En mi opinión, las revoluciones buscan cambiar la forma en que se organizan los poderes políticos o sociales, generalmente mediante la violencia. En ese contexto, muchas veces las principales víctimas no son los responsables del problema, sino personas ajenas a la lucha. Así, estos conflictos terminan siendo enfrentamientos entre ciudadanos, en lugar de dirigirse contra quienes realmente deberían ser cuestionados.

Lo que me incomoda de las revoluciones es que están más impulsadas por la emoción y el enojo que por la razón y la estructura. Y es la razón, junto con una planificación sólida, lo que garantiza un cambio duradero. Si cada cierto tiempo es necesario organizar una revolución, significa que las anteriores no funcionaron y que es momento de replantear la estrategia.

Para concluir, he notado que muchas personas se quejan del ascenso de la ultraderecha en el poder político. Pero pregúntense: ¿esa violencia que hoy ven en la derecha no es equivalente a la que mostró la izquierda en el pasado?

En años anteriores, la izquierda tomó gran poder, en parte al hacerle creer a la gente que cualquier necesidad era un derecho y que no tenían obligaciones. Durante ese tiempo, la derecha quedó relegada, lo que generó el resentimiento que vemos hoy. Ese resentimiento siempre ha existido, y surge de la idea de que una postura es moral y la otra no. Sin embargo, la realidad es que los países que mejor prosperan son aquellos que encuentran un equilibrio entre ambas ideologías. Esto no es fácil de percibir si no nos atrevemos a cuestionar nuestras propias creencias.

Entre los extremos ideológicos hay una relación simbiótica: la existencia de uno justifica la del otro, porque, sin un enemigo al cual enfrentar, perderían su razón de ser. La solución a esta guerra de ideologías es simple: pensamiento crítico. El verdadero cambio llegará cuando nos alejemos de lo que creemos que es correcto para poder ver más allá. De lo contrario, seguiremos condenados al péndulo eterno entre la derecha y la izquierda.

 

Todo fanático político incita a la violencia porque es la única forma de defender lo que piensa.

Rodolfo Schuler

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