Manuscrito I

Hace un tiempo que quiero escribir sobre lo que me pasa con respecto a la situación del país, pero no encuentro las palabras. A veces tengo discusiones imaginarias con gente en mi cabeza, tratando de hacerles cambiar de opinión. Claro, en mis fantasías lo logro, pero no sé si en la vida real se tomarían el tiempo de escuchar y comprender de verdad.

Veo a la gente inquieta; el cambio de gobierno nos cayó como un baldazo de agua fría. Hay algunos que se mantienen firmes en su postura, a favor o en contra, pero creo que muchos, como yo, no saben bien cómo sentirse al respecto. A todos nos gustaría estar bien: poder ir al supermercado y que los precios se mantengan estables, que los sueldos rindan, que no haya marchas cada dos por tres, que no haya hordas de personas enfrentadas entre sí, debatiendo quién tiene razón en una pelea por Twitter. Pero, en mi opinión, las decisiones que tomamos como pueblo nos alejan cada vez más de ese futuro que anhelamos.

La razón por la que estamos lejos de cualquier futuro que valga la pena es porque no nos vemos ni escuchamos entre nosotros. Me sucede con amigos y compañeros: me encantaría poder debatir y hablar de temas políticos, pero simplemente no puedo. Esto ocurre porque nadie escucha a la persona que tiene enfrente. Apresurarse a responder solo para probar que uno tiene la razón no es escuchar; es querer ganar una pelea imaginaria y sin sentido.

Pareciera que, de un tiempo a esta parte, la gente se ha aferrado a la idea de que el peor enemigo es aquel que piensa distinto. Entonces, usamos las palabras como armamento y escudo para salir a pelear en una guerra donde los únicos que siempre ganan son los políticos a los que se elige defender. En algún momento de la historia, le dimos poder a gente que solo sabe usarlo a su favor, en lugar de emplearlo para ayudar a quienes los pusieron en ese lugar. Para mí, el peor enemigo del pueblo es un político cuyo interés por la gente se desvanece en cuanto cobra su primer sueldo.

No hace mucho, hubo una discusión entre personas que defendían que para ser político no hacía falta tener estudios, mientras que otros afirmaban lo contrario. Como siempre, defender una postura u otra se asoció a una ideología política. Sin embargo, llegué a una nueva conclusión: no es necesario tener un título universitario para ser político, pero sí es imprescindible la voluntad de defender al pueblo. Ser un buen político no es ciencia compleja: hay que hablar con la gente, relacionarse con aquellos a quienes se representa y atender sus necesidades más urgentes para luego presentar un proyecto de ley. Pero esto no ocurre, y no ocurre porque no hay leyes que los obliguen a trabajar. Aquí uno podría preguntarse, ¿por qué no existen esas leyes? Pero esa respuesta la dejo como tarea.

Y así, un problema simple se transforma en una discusión sobre cuál ideología política es la correcta.

Algo que suele suceder en momentos de desesperanza es mirar al pasado con nostalgia, anhelándolo con fuerza, con la esperanza de que, si aquella persona vuelve al poder, mágicamente todo se resolverá. Pero la realidad es que todo lo que ocurrió en el pasado nos ha traído hasta este punto en la historia. El pasado no se mira con anhelo, sino con un ojo crítico para reconocer los errores cometidos. Por eso, mucha gente busca lo nuevo y novedoso, incluso cuando "lo nuevo y novedoso" está teñido de ideologías pasadas. No solo debe cambiar la gente, también tiene que cambiar la forma de pensar.

Lo que más me duele de esta situación es ver lo separada que está la gente entre sí, aferrados a su propia verdad, aunque esta sea una mentira, enfrentados como si pertenecieran a bandos completamente opuestos. La única verdad de la que estoy seguro es que, para salir adelante, todos tenemos que mirar hacia el mismo horizonte, sin importar de dónde venimos ni cuál es la ideología que tenemos.

Rodolfo Schuler

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